Ella está sentada en un banco del parque mientras la suave brisa le acaricia la cara.
Esconde su rostro tras su pelo color miel y sus ojos, de esmeralda, miran al suelo.
Ella no tiene un principio, tampoco un final, pero la soledad la acompaña.
La sombra de los árboles la acoge y el canto de algún pájaro lejano hace que su espera sea más leve.
Ella no espera a nadie, no espera nada, solo quiere que la soledad la vuelva a abrazar de nuevo.

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