Da pánico estar vulnerable, nunca nadie me sonrió así.

miércoles


Perdidos por las calles de Paris, como de costumbre, los dos se acurrucaban bajo sus abrigos. En la calle solo se oía sus respiraciones entrecortadas y el crujir de la nieve al ser pisada. El frío no era el causante de sus temblores, si no el hecho de estar uno junto al otro. Pese a no admitirlo, ellos se amaban. Ella podía seguir aparentando esa frialdad que la caracterizaba y el podía seguir intentado convencerse a sí mismo de que quería a su rubia perfecta, pero a fin de cuentas, eso no iba a cambiar nada. Y allí estaban los dos, en medio de una nevada callejuela de Paris, mirándose a los ojos, con las narices pegadas y sin atreverse a besarse, por miedo de hacerse daño y no volver a poder mirarse de la misma manera, de perderse para siempre, de tener que ir recogiendo trozos de corazón por el suelo…

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