Perdidos por las calles de Paris, como de costumbre, los dos se acurrucaban bajo sus abrigos. En la calle solo se oía sus respiraciones entrecortadas y el crujir de la nieve al ser pisada. El frío no era el causante de sus temblores, si no el hecho de estar uno junto al otro. Pese a no admitirlo, ellos se amaban. Ella podía seguir aparentando esa frialdad que la caracterizaba y el podía seguir intentado convencerse a sí mismo de que quería a su rubia perfecta, pero a fin de cuentas, eso no iba a cambiar nada. Y allí estaban los dos, en medio de una nevada callejuela de Paris, mirándose a los ojos, con las narices pegadas y sin atreverse a besarse, por miedo de hacerse daño y no volver a poder mirarse de la misma manera, de perderse para siempre, de tener que ir recogiendo trozos de corazón por el suelo…

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